Toda mi vida dije que quería viajar a India, pero sentía que todavía no era mi momento. Había tenido la suerte de conocer varios lugares en el mundo, pero sabía que India era un desafío. Y no me equivocaba.

Con el tiempo sentí que algo cambió. Sentí que estaba preparada. Y todo se dio de una forma bastante inesperada: tenía pocas certezas y muchas dudas. Sabía que quería ir a Rishikesh a hacer una formación de yoga y, si era posible, conocer el Taj Mahal.

La formación que me interesaba en un principio era en inglés. Mi nivel no es tan malo, pero me generaba miedo no entender nada. Sin embargo, poco tiempo después, la escuela lanzó una formación de 200 horas… traducida en español. Sentí que era el llamado que faltaba para terminar de decir que sí.

Antes del viaje

Los días previos a viajar me enfermé. Tenía un cuadro gripal fuerte, fiebre y mucho malestar. El día antes de volar estaba en la guardia, sin terminar de creer que al día siguiente me iba.

Además, era mi primer viaje sola a un destino completamente desconocido. Había viajado sola a Argentina un mes antes, pero esto era distinto: esta vez no sabía con qué me iba a encontrar.

El viaje

El vuelo fue durísimo. No podía parar de toser y me sentía muy mal. La señora de al lado no dejó de darme caramelitos de miel, pobre… En un momento sentí un dolor fuerte en el oído que nunca había sentido. Me quedé apunada como tres semanas después de eso.

Así llegué a Nueva Delhi.

Por suerte, la escuela nos había puesto en contacto con otras chicas que llegaban desde distintos países. Las esperé varias horas en el aeropuerto, sintiéndome bastante segura ahí dentro. La idea era ir juntas al hotel.

Pero no salió exactamente así: ellas habían logrado reservar alojamiento juntas, y yo terminé en otro hotel cercano. Al final, los taxistas decidieron separarnos: ellas fueron juntas y yo fui sola.

La llegada

Antes de viajar había mirado el recorrido en Google Maps, intentando sentirme un poco preparada. Pero la realidad fue otra.

El taxi me dejó con mi valija naranja gigante en el medio de una calle, porque no podía llegar hasta la puerta del hotel.

Y ahí me vi: sola, turista, en medio de un mundo lleno de hombres, con motos, bocinas y puestos callejeros por todos lados.

Empecé a caminar empujando la valija, intentando encontrar el hotel. Finalmente llegué. El hotel tenía detector de metales en la entrada, lo cual me hizo sentir todavía más que estaba en otro mundo.

Cuando entré a la habitación, una persona muy amable me recibió. Pero el baño estaba bastante descuidado y en la mesa de luz había un menú cubierto de tierra. Por suerte era solo por una noche, pero me sentía realmente mal.

Dejé mis cosas y salí casi huyendo a encontrarme con las otras chicas en su hotel, que era completamente diferente al mío.

Ese mismo día hicimos un recorrido muy lindo por el templo sij Gurdwara Bangla Sahib, que funciona como templo y también como comedor comunitario. Allí reciben a miles de personas a diario, sin hacer distinción de religión, y les sirven comida gratuita. También tienen farmacia y escuela.

Más tarde fuimos al templo hindú Akshardham, enorme y muy ornamentado, con figuras de dioses, flores, animales, músicos y bailarines. Yo tenía fiebre y me quedaba dormida sentada en las gradas mientras veía el espectáculo… pero ambos lugares me parecieron hermosos.

Delhi, India

Camino a Rishikesh

Al día siguiente empezamos el viaje en bus hacia Rishikesh, donde estaba la escuela.

Yo no estaba bien físicamente, con náuseas y agotamiento, pero miraba por la ventana intentando entender el paisaje.

India pasaba frente a mí: carreteras caóticas, vacas en medio de la calle, motos con varias personas arriba, escenas que parecían no tener orden… pero que de alguna forma funcionaban.

Después de varias horas, el chofer se detiene en la montaña y nos dice que no podía cruzar hasta la escuela. Teníamos que bajar y seguir en tuk tuk.

Nada de lo planeado.

Tomamos el tuk tuk, que nos dejó en el puente de Ram Jhula, y desde ahí seguimos caminando con la valija.

La escuela

Finalmente llegué a la escuela.

Ahí sí me sentí como en casa.

Mi habitación era hermosa. Tenía todo lo que necesitaba para esos días: una cama cómoda, baño limpio y un escritorio para estudiar. Me había tocado una con vista a la montaña, justo debajo de la sala de prácticas. No podía pedir más.

Fueron días intensos de práctica desde las 6:45 de la mañana, pero siempre con una sensación profunda de gratitud por estar ahí aprendiendo algo que amo.

Después de la primera práctica íbamos al desayuno: frutas exquisitas, porridge o avena con leche… y por supuesto mate. Para mi sorpresa, también había argentinas y uruguayas.

Luego teníamos teoría: filosofía, anatomía. Almorzábamos, descansábamos un rato o estudiábamos, y por las tardes había meditación y más práctica de yoga.

Poco a poco fuimos entrando en confianza y Rishikesh se volvió nuestro mundo.

En los momentos libres íbamos al centro de Lakshman Jhula a comer algo rico al café Omkar, un lugar cerquita de la escuela con mesas bajo árboles de mango, que salvó mi estadía en India con su comida deliciosa y sus jugos increíbles.

La escuela en Rishikesh La escuela en Rishikesh

El contraste

Hay algo que no se puede dejar de decir: el contraste.

"India es caos y belleza al mismo tiempo."

Rishikesh, siendo la capital mundial del yoga, está llena de escuelas, gente de todo el mundo, carteles por todos lados… y también calles sucias, motos, vacas y ruido constante.

Y aun así, o quizás justamente por eso, encontré el lugar perfecto para estudiar.

Rishikesh no dejó de sorprenderme.

El cierre del viaje

Pasaron 24 días de formación. En un principio pensaba seguir viaje para conocer el Taj Mahal, pero me sentía tan a gusto en la escuela y en Rishikesh que decidí quedarme unos días más.

Finalmente volví a Delhi para tomar el vuelo de regreso. Ya fuera de la burbuja de Rishikesh, de noche, con un conductor que no hablaba inglés pero había sido recomendado, viajé tranquila.

Paramos en un parador que también funcionaba como templo y comedor. Fui al baño… y perdí al conductor. Me compré unas papitas y me quedé esperando en la puerta hasta que alguien me dijo: "¿estás buscando a tu conductor?". Él estaba sentado cenando con otros choferes.

Sobreviví con un pan con manteca, mis estándares de limpieza ya estaban bastante flexibles para ese momento.

Y como si faltara algo más, mi vuelo a Estambul se retrasó porque ese mismo día había comenzado un conflicto entre India y Pakistán. Terminé pasando una noche extra en Estambul sin equipaje de mano, porque había priorizado llevar mis cuencos. Solo tenía eso y un cepillo de dientes.

Me desperté con el canto de la llamada a la oración, sin saber exactamente qué estaban cantando… y horas después estaba en Valencia.

Rishikesh, India

Con la valija llena, unos kilos menos y el corazón lleno de amor, gratitud y aprendizajes.

Conocí personas maravillosas, profesores increíbles, lugares con una energía única… pero sobre todo, me demostré a mí misma que soy capaz de viajar sola, perseguir mis sueños y seguir en la aventura.

Y acá estoy, contando los días para volver.